Aseguran que sólo quedan unas 400 toninas en el mar argentino

DOMINGO, 19 de noviembre 2017.- Els Vermeulen siempre amó a los delfines. Conserva fotos de cuando tenía 2 años, yendo de visita al acuario de Amberes, en Bélgica, donde nació. Su mamá la llevaba a verlos sin saber que esos paseos marcarían su destino. La pasión se consolidó años después, cuando –como integrante de un equipo de nado sincronizado– visitó el acuario de Brujas y pudo compartir la pileta con 5 delfines nariz de botella, los que suelen cautivar a los visitantes en los oceanarios de todo el mundo y que aquí se conocen como toninas.

Mezcla de miedo, por su gran tamaño, y de fascinación, por entrar en contacto directo, la pequeña Els jamás pudo olvidar ese encuentro. De grande estudió biología en la Universidad Libre de Bruselas y, ante la falta de oportunidades para investigar a los animales que más le atraían en su tierra natal, no dudó en viajar a la Argentina. Aquí empezó observando ballenas, pero al poco tiempo se dedicó a estudiar a una población de delfines que pocos conocían en ese momento y que viven en las aguas de la Patagonia.

Vermeulen es una ciudadana del mundo. Por sus viajes y por haber nacido en un país multilinguístico, como Bélgica, habla varios idiomas. Se la puede escuchar en holandés flamenco (su lengua materna), inglés, español, francés y también afrikáans, uno de los idiomas que hablan los sudafricanos. Hoy, con 36 años, alterna su vida entre Bélgica, donde está su familia de origen, y Sudáfrica, donde hace sus investigaciones. Cuenta que no tiene pasatiempos ni se toma vacaciones: “Me ocupo todos los días en ayudar a los delfines, con los que sueño desde chica. Lo que hago me gusta tanto que no lo siento como un trabajo”.

Foto a foto. Vermeulen conoce a los delfines como muy pocos científicos en el mundo, pero además los reconoce. Puede identificarlos por una serie de características propias, como la forma de su aleta dorsal o la presencia de cortes y cicatrices en la misma. Esas marcas, consideradas únicas y permanentes, hacen posible la identificación de cada individuo: de esa manera sabe de qué animal se trata. Para facilitar los estudios les saca una foto cuando salen a respirar, y les pone un nombre. Utilizó este sistema, denominado fotoidentificación, para estudiar la población de toninas de la Bahía de San Antonio, en Río Negro, entre los años 2006 y 2012. Allí descubrió, entre otras cosas, que muchas de ellas, como Hilda, permanecen en la zona todo el año, criando a sus cachorros, especialmente durante invierno y primavera.

Observó también que, en otoño, la cantidad de delfines disminuye en forma notable, tal vez por la falta de peces en la región. Por eso viajan hasta la desembocadura del río Negro, a 180 kilómetros de allí. Ese fue el caso de Yaco, un macho adulto con una aleta dorsal muy distintiva, que permite identificarlo fácilmente, y que fue visto ingresando a las dulces aguas del río Negro, llegando incluso hasta Viedma, Río Negro, y a Carmen de Patagones, en la orilla opuesta, en la provincia de Buenos Aires.

Pero su delfín predilecto es Tulumba, una hembra adulta que se acercaba mucho a las embarcaciones de los investigadores, tanto que salía en todas las fotos y Els le decía: “Ya te saqué foto Tulumba, salí de acá”. Esta hembra nunca fue vista con crías, lo que podría indicar que es muy mayor y no puede tener cachorros. Tulumba sería algo así como la Abuela de la Bahía y la más vieja de su grupo, con una edad estimada en más de 40 años.

Vermeulen pasó siete años viviendo en nuestro país, investigando a animales como Hilda, Yaco y Tulumba, y de aquella época recuerda los asados, el mate compartido con amigos y las horas navegando junto con los delfines, o viéndolos desde los acantilados con potentes telescopios. Ese trabajo arduo cambió también el destino de esta especie. Antes de que ella los estudiara, no se consideraba a las toninas como una especie en peligro de extinción. Hoy se sabe que no quedan más de 300 a 400 ejemplares en la Argentina.

Amor en alta mar. Del amor a los delfines pasó al amor de Kevin Ovenstone, un sudafricano que conoció en pleno océano. Ella se encontraba investigando en Angola y él, paramédico, trabajaba en un buque de prospección sísmica. Se conocieron a bordo y compartieron algunas misiones, hasta que un día Els se descompuso y Kevin tuvo que asistirla. Entre los cetáceos y los cuidados médicos, empezaron un noviazgo que fue creciendo al ritmo de las olas.

Cuando obtuvo su doctorado, después de un paso por Australia, se volvió a mudar, esta vez a Sudáfrica, a Ciudad del Cabo, donde comenzó a trabajar como investigadora principal en la ONG Sea Search. Allí vive con Kevin, con quien no sólo se casó una vez. Lo hizo dos veces: en Bélgica y en Sudáfrica.

Cuando navega por las aguas de su nuevo hogar, Els ve muchas similitudes entre la Patagonia y Sudáfrica ya que muchas de las especies de mamíferos marinos son parecidas. Sin embargo, hay una gran diferencia, y es que el oleaje y el mar en Sudáfrica son más violentos que en la Argentina debido a la presencia de dos corrientes marinas que confluyen en las inmediaciones de Ciudad del Cabo, y eso hace más complicada la navegación. Hoy, Vermeulen es asesora científica de la delegación de Bélgica en la Comisión Ballenera Internacional (CBI), un organismo creado en 1946 para la regulación internacional de la caza de ballenas. Llegó allí por su conocimiento sobre los delfines argentinos. Durante años intentó llamar la atención sobre el pobre estado de conservación de los delfines en nuestro país, pero recién ahora, con un informe presentado ante la CBI, está llegando la presión para que las autoridades nacionales tomen decisiones.

Els sabe decir delfín en varios idiomas: dolphin en inglés, dolfijn en neerlandés y dauphin en francés. Lo que no sabe es por cuánto tiempo podremos seguir viéndolos saltar frente a las costas del mundo.

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